martes, 24 de abril de 2012
sábado, 24 de marzo de 2012
ADOLESCENCIA
Adolescencia, individualismo, imcomprensión...quizá muchos adolescentes se sienten así, pero nadie se entera , ni siquiera el silencio.VERBO
http://www.youtube.com/watch?v=7ndVQz47JwI&feature=share
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jueves, 1 de marzo de 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
martes, 14 de febrero de 2012
Educación convoca el Plan Integra para prevenir y reducir el abandono escolar para el próximo curso 2010-11
Valencia.-
La Conselleria de Educación ha abierto el plazo para que los centros educativos que imparten Educación Secundaria Obligatoria (ESO) en la Comunitat puedan aplicar, para el próximo curso 2010-11, el Programa Integra, orientado a prevenir y reducir el absentismo y el abandono prematuro del sistema educativo.
Este Plan, nace de la necesidad de aportar soluciones a los problemas de la convivencia y la adaptación al medio escolar de algunos alumnos de la ESO con determinadas dificultades.
La Conselleria de Educación ha abierto el plazo para que los centros educativos que imparten Educación Secundaria Obligatoria (ESO) en la Comunitat puedan aplicar, para el próximo curso 2010-11, el Programa Integra, orientado a prevenir y reducir el absentismo y el abandono prematuro del sistema educativo.
Este Plan, nace de la necesidad de aportar soluciones a los problemas de la convivencia y la adaptación al medio escolar de algunos alumnos de la ESO con determinadas dificultades.
En este sentido, el Integra busca mejorar la relación de estos jóvenes con sus compañeros, integrarlos en el sistema educativo con currículos que sean atractivos para ellos y mejorar su inserción en la sociedad, ya sea a través de la incorporación directa en el mercado laboral o mediante la consecución del título de ESO y el paso a la formación profesional reglada.
El programa, tiene como finalidad combatir el absentismo y el fracaso escolar para prevenir el abandono escolar prematuro y ofertar contenidos formativos diferenciados que respondan a las necesidades específicas del alumnado con manifiesta inadaptación escolar, absentista y con fracaso escolar crónico. Por ello, el Programa incide en la ESO porque es en este momento cuando se acentúan las diferencias en cuanto a capacidades, intereses, expectativas y preferencias.
El Programa está dirigido a alumnos de entre 14 y 16 años que presenten, al menos, tres de los siguientes problemas educativos: falta de expectativas de obtener el título de ESO; serias dificultades de adaptación con riesgo de exclusión social o conductas violentas; intención de integrarse en el mundo del trabajo al alcanzar la edad laboral; que provengan de contextos sociofamiliares desestructurados o que presenten absentismo escolar muy acentuado.
Los alumnos que participan en el programa son propuestos por el equipo docente del centro y pasan una evaluación psicopedagógica. Además, los padres de estos alumnos autorizan la participación de sus hijos.
Éxito del Programa
Asimismo, los datos de balance sobre el Programa Integra muestran el éxito del mismo, ya que se ha logrado reducir en un 72% el absentismo y el abandono escolar prematuro entre los 349 alumnos con necesidades específicas de adaptación que cursan sus estudios en los 38 institutos de Secundaria que han participado en esta iniciativa durante el curso 2008-09.
Estas cifras confirman los obtenidos en el curso 2007-08, cuando se puso en marcha, por primera vez, esta experiencia piloto, con la participación de 16 centros y 152 alumnos, y demuestran la eficacia del programa para la atención educativa del alumnado al que va dirigido.
Otro dato significativo es que el programa Integra ha conseguido que el 82% de los alumnos que lo han seguido continúe en el sistema educativo. Así, un 38% lo hace a través de los Programas de Cualificación Profesional Inicial (PCPI), un 33% reingresa en su grupo ordinario, un 17% se integra en un Programa a de Diversificación Curricular, un 4% accede a los Cursos de Formación de Grado Medio de FP mediante prueba y un 8% se incorpora directamente al mundo laboral.
Asimismo, destacan las cifras que hablan del grado de satisfacción de los alumnos con este programa que alcanzan un 94%; el de las familias es de un 100% y el del profesorado es del 91%. Y, además, el 75% de los alumnos ha mejorado sensiblemente sus relaciones con la familia y el profesorado, lo que confirma así una mejora en la convivencia escolar.
Participación
Desde la puesta en marcha del programa Integra en el curso 2007-08, alrededor de un total de 1.090 alumnos con peligro de abandono escolar se ha beneficiado de las actividades desarrolladas en sus centros escolares para favorecer su integración, en las que han participado 112 centros de Educación Secundaria.
De ellos, 38 IES y 349 alumnos lo han hecho durante el pasado curso 2008-09, de los que 12 son de la provincia de Alicante, 6 de Castellón y 20 de la provincia de Valencia, pertenecientes a 29 municipios (Alicante, Benidorm, Elx, Xixona, Cocentaina, El Campello, Elda, L’Alfàs del Pi, San Vicent del Raspeig, Borriana, Almassora, Betxí, Segorbe, Castellón, Albal, Alberic, Alfafar, L’Eliana, Oliva, Sagunt, Bellreguard,Enguera, Foios, Paterna, Massamagrell, Quart de Poblet, Riba-roja del Türia, Villar del Arzobispo y Valencia).
Durante el presente curso 2009-2010, los alumnos participantes son 589 y 58 centros. De ellos, 25 son de la provincia de Alicante, 25 de Valencia y 8 de Castellón.
domingo, 15 de enero de 2012
el desamor.Rosa Montero
El desamor escuece
EL DESAMOR ESCUECE- Por Rosa Montero
Conozco a una chica de 20 años que se pasó el fin de semana esperando a que él la llamara y él no llamó nunca. La vi el lunes taciturna y furibunda, aplastada por la gravedad de la vida: es notable lo que aumenta el peso de la existencia cuando el desamor te ha hincado el diente. Si tu amado no te ama (si tu amada te ignora), el futuro te parece tan gris como una tarde de tormenta. Días interminables, meses aburridísimos, una vida sin sentido. Porque el amor es una droga, y todo drogadicto cree que no puede sobrevivir sin la sustancia a la que está enganchado. Por eso a mi amiga se le había apagado el mundo aquel lunes funesto: nada existe, nada palpita, nada brilla si no te miran los ojos que tú quieres que te miren de la manera en que quieres ser mirado.
El desamor abrasa. Sobretodo al principio, sobretodo si tienes 20 años. Porque entonces te llegas a creer que tus pasiones son auténticas fuerzas de la naturaleza, tan ajenas a tu voluntad como los oscuros planetas que cruzan el arco del cielo. Y así, cuando eres joven, crees que tu amado es irremplazable, que no hay otro ser en el mundo tan maravillosos ni tan atractivo. Que nunca podrás amar a nadie de ese modo.
Luego pasan los años, las parejas, los enamoramientos fulminantes, los desencantos. Se te va poblando la memoria de pasiones apagadas y aprendes a relativizar tus sentimientos: sabes, por ejemplo, que el amor que estás perdiendo no es el único, y que tal vez ni siquiera es amor. Pero, aún así el desamor escuece: el dolor está en su naturaleza, es corrosivo. Tiene, como la lejía, un ardor frío.
Y así, esperas esa llamada telefónica que nunca llega y rabias. Esperas la palabra justa que el otro no pronuncia y te desesperas. Esperas un milagro final; que él, o ella, se comporten de una manera distinta a como siempre son, o lo que es lo mismo, que sean otros. Pero él, o ella, suelen manifestar una mezquina y empecinada tendencia a seguir siendo como son y a no convertirse en el amado ideal que uno busca y desea. Y entonces uno se deprime, se acongoja y se abruma. Te duelen las yemas de los dedos del ansia de tocar, no ya el cuerpo esquivo de tu amado, sino más bien su alma: porque quieres atrapar ese espejismo de amor que se te escapa. Pero es como encerrar una voluta de humo en una jaula: cuando el desamor te ha hincado el diente, suele comerte entera. Eso también se aprende con los años.
Quise decirle aquel lunes a mi amiga tan joven y tan triste que, con el tiempo, el mundo vuelve a pintarse de colores y a recobrar su brillo. Pero no abrí la boca, porque pensé que me daría la razón como se la daría a un loco y que su corazón no me creería. Pude decirle también que hay un desamor más cruel y doloroso que el que te dejen de querer: cuando sientes que el brillo de la pasión se va apagando, que la hoguera se convierte en una brasa. Amaste, lo sabes porque tu memoria te lo dice, pero tus sentimientos no lo recuerdan. Miras las viejas fotos de los primeros días de tu pasión, y no te reconoces en esa sonrisa, en esa emoción de sentirse juntos, en esa intensidad de bien quererse. ¿de verdad te palpitaba el corazón, se te nublaba la vista, perdías el aliento cuando le veías? Donde ayer hubo un horno y el resplandor de un sol hoy hay una polvareda de cenizas.
Quizá habéis vivido juntos durante años; quizá tienes hijos con él o has comprado una casa con ella. Le quieres como se quiere a la familia: con un cariño acostumbrado. Pero en algún minuto de esa travesía temporal que habéis hecho en la vida tú has perdido el contacto con el otro. La mayoría de las veces no es cuestión de culpas, sino de desencuentros; la otra deja de ser la esposa que soñaste, el otro ya no encarna a tu pareja ideal. O más bien es cosa tuya: eres tú quien ha dejado de poner en el otro la ilusión del amor. Los pequeños rencores, las pequeñas disputas, las soledades medianas y los grandes malentendidos: toda esa basurilla que te echa encima, en suma, la abrasadora convivencia puede agotar en ti el enamoramiento que antaño sentiste. Porque el amor, por mucho que mi amiga veinteañera crea ahora, en su despecho, lo contrario, es una planta delicada y débil, a la que hay que regar con mucho tiento para que no se seque.
Duele el desamor, pues, tanto si no te aman como si tú no amas. Pero cuando aprieta el desaliento y te arde la despellejada piel del alma de un desamor reciente, conviene pensar algunas consideraciones que también pude hacerle a mi amiga y no le hice. Primero, que uno no puede pasar por la vida sin mancharse y sin herirse, y que todo lo importante tiene un precio: y así, el dolor del desamor (y atreverse a afrontarlo) es el precio de tu capacidad de amar y de esa intensidad gloriosa, vida pura, que la pasión te ofrece. Segundo, que en todas las rupturas se aprende algo. Y tercero, que el amor no está en el otro, sino en ti mismo: si una vez amaste, lo volverás a hacer. Y siendo más sabio.
Conozco a una chica de 20 años que se pasó el fin de semana esperando a que él la llamara y él no llamó nunca. La vi el lunes taciturna y furibunda, aplastada por la gravedad de la vida: es notable lo que aumenta el peso de la existencia cuando el desamor te ha hincado el diente. Si tu amado no te ama (si tu amada te ignora), el futuro te parece tan gris como una tarde de tormenta. Días interminables, meses aburridísimos, una vida sin sentido. Porque el amor es una droga, y todo drogadicto cree que no puede sobrevivir sin la sustancia a la que está enganchado. Por eso a mi amiga se le había apagado el mundo aquel lunes funesto: nada existe, nada palpita, nada brilla si no te miran los ojos que tú quieres que te miren de la manera en que quieres ser mirado.
El desamor abrasa. Sobretodo al principio, sobretodo si tienes 20 años. Porque entonces te llegas a creer que tus pasiones son auténticas fuerzas de la naturaleza, tan ajenas a tu voluntad como los oscuros planetas que cruzan el arco del cielo. Y así, cuando eres joven, crees que tu amado es irremplazable, que no hay otro ser en el mundo tan maravillosos ni tan atractivo. Que nunca podrás amar a nadie de ese modo.
Luego pasan los años, las parejas, los enamoramientos fulminantes, los desencantos. Se te va poblando la memoria de pasiones apagadas y aprendes a relativizar tus sentimientos: sabes, por ejemplo, que el amor que estás perdiendo no es el único, y que tal vez ni siquiera es amor. Pero, aún así el desamor escuece: el dolor está en su naturaleza, es corrosivo. Tiene, como la lejía, un ardor frío.
Y así, esperas esa llamada telefónica que nunca llega y rabias. Esperas la palabra justa que el otro no pronuncia y te desesperas. Esperas un milagro final; que él, o ella, se comporten de una manera distinta a como siempre son, o lo que es lo mismo, que sean otros. Pero él, o ella, suelen manifestar una mezquina y empecinada tendencia a seguir siendo como son y a no convertirse en el amado ideal que uno busca y desea. Y entonces uno se deprime, se acongoja y se abruma. Te duelen las yemas de los dedos del ansia de tocar, no ya el cuerpo esquivo de tu amado, sino más bien su alma: porque quieres atrapar ese espejismo de amor que se te escapa. Pero es como encerrar una voluta de humo en una jaula: cuando el desamor te ha hincado el diente, suele comerte entera. Eso también se aprende con los años.
Quise decirle aquel lunes a mi amiga tan joven y tan triste que, con el tiempo, el mundo vuelve a pintarse de colores y a recobrar su brillo. Pero no abrí la boca, porque pensé que me daría la razón como se la daría a un loco y que su corazón no me creería. Pude decirle también que hay un desamor más cruel y doloroso que el que te dejen de querer: cuando sientes que el brillo de la pasión se va apagando, que la hoguera se convierte en una brasa. Amaste, lo sabes porque tu memoria te lo dice, pero tus sentimientos no lo recuerdan. Miras las viejas fotos de los primeros días de tu pasión, y no te reconoces en esa sonrisa, en esa emoción de sentirse juntos, en esa intensidad de bien quererse. ¿de verdad te palpitaba el corazón, se te nublaba la vista, perdías el aliento cuando le veías? Donde ayer hubo un horno y el resplandor de un sol hoy hay una polvareda de cenizas.
Quizá habéis vivido juntos durante años; quizá tienes hijos con él o has comprado una casa con ella. Le quieres como se quiere a la familia: con un cariño acostumbrado. Pero en algún minuto de esa travesía temporal que habéis hecho en la vida tú has perdido el contacto con el otro. La mayoría de las veces no es cuestión de culpas, sino de desencuentros; la otra deja de ser la esposa que soñaste, el otro ya no encarna a tu pareja ideal. O más bien es cosa tuya: eres tú quien ha dejado de poner en el otro la ilusión del amor. Los pequeños rencores, las pequeñas disputas, las soledades medianas y los grandes malentendidos: toda esa basurilla que te echa encima, en suma, la abrasadora convivencia puede agotar en ti el enamoramiento que antaño sentiste. Porque el amor, por mucho que mi amiga veinteañera crea ahora, en su despecho, lo contrario, es una planta delicada y débil, a la que hay que regar con mucho tiento para que no se seque.
Duele el desamor, pues, tanto si no te aman como si tú no amas. Pero cuando aprieta el desaliento y te arde la despellejada piel del alma de un desamor reciente, conviene pensar algunas consideraciones que también pude hacerle a mi amiga y no le hice. Primero, que uno no puede pasar por la vida sin mancharse y sin herirse, y que todo lo importante tiene un precio: y así, el dolor del desamor (y atreverse a afrontarlo) es el precio de tu capacidad de amar y de esa intensidad gloriosa, vida pura, que la pasión te ofrece. Segundo, que en todas las rupturas se aprende algo. Y tercero, que el amor no está en el otro, sino en ti mismo: si una vez amaste, lo volverás a hacer. Y siendo más sabio.
viernes, 13 de enero de 2012
rosa montero
http://www.elpais.com/articulo/ultima/negro/elpepiult/20050517elpepiult_2/Tes
una de mis escritoras, peridiostas, preferidas. Es una transgresora
una de mis escritoras, peridiostas, preferidas. Es una transgresora
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